25-10-1811. BATALLA DE SAGUNTO

Dispuesto el general D. Joaquín Blake a socorrer el castillo de Sagunto, sitiado por los franceses, avanzó desde Valencia el 24 de octubre con todas sus fuerzas, unos 25.000 hombres, de ellos 2.500 de caballería, y aquella misma noche las situó en posiciones convenientes, constituyendo la derecha, que se apoyaba en las alturas del Puig, cuartel general de Blake, la división de D. José Zayas; el centro, situado en la cartuja de Ara Christi, la de D. José de Lardizabal con la caballería del general D. Juan Caro; y la izquierda, regida por D. Carlos O'Donell, se componía de las divisiones de D. Pedro Villacampa y D. José Miranda, con 600 caballos a las órdenes de D. José Sanjuan, extendiéndose hasta los ribazos llamados los Germanells que ocupaba el general Mahy por parte de la división de su mando, dependiente también de O'Donell, y lo mismo la extrema izquierda, a las órdenes del general Obispo, que maniobraba a bastante distancia como para forzar el desfiladero que de Naguera conduce a Gilet, cerca de Murviedro, atravesando la sierra Calderona, y cortar la retirada a los franceses. El centro y la derecha tenían también su correspondiente reserva.

El mariscal Suchet, apenas tuvo noticia de la aproximación de los españoles, dejó seis batallones frente a Sagunto apoyando las baterías sitiadoras, que no interrumpieron el fuego un solo instante, estableció otros ocho batallones y un regimiento de dragones, a las órdenes del general Robert en las alturas de Sancti Spiritus para asegurar a toda costa su posesión, guarneció también el pueblo de Gilet con el mismo objeto, y con las fuerzas restantes fue a situarse entre el Vall de Jesús y la playa, en dos líneas, dejando en reserva un regimiento de dragones y otro de coraceros, para hacer frente a los españoles. El total de fuerzas que componían el ejército enemigo ascendía a 25.000 hombres.

Los nuestros avanzaron a las ocho de la mañana del 25 con gentil resolución, muy animosos y confiados, haciendo replegarse a las avanzadas francesas, incluso al mismo Suchet, que se había adelantados hasta los Hostalets para observar los movimientos de nuestras tropas, y ocuparon las de D. Wenceslao Prieto, de la división Lardizabal, un altozano próximo a Vall de Jesús, punto importantísimo que dominaba el terreno donde se iba a desarrollar la parte principal de la batalla, al mismo tiempo que las demás columnas avanzaban también con el mayor órden por la carretera y hacia Puzol, con un orden admirable y un aire de superioridad que sorprendió a los mismos enemigos, llenando de júbilo a los defensores de Sagunto, que creían cercano el momento de su libertad. Comprendiendo al momento Suchet la necesidad de conquistar la altura indicada y refrenar la audacia de los españoles, encargó a la división Harispe la empresa, y a Habert que contuviese con la suya a Zayas. Tres batallones en columnas, dirigidos por los generales de Harispe y apoyados por otros cinco batallones, arremetieron sin vacilar, treparon al cerro y después de sangriento combate se posesionaron de él a costa de grandes pérdidas, habiendo sido gravemente herido el general París, y otros oficiales de graduación, y perdido su caballo Harispe; pero los que lo guarnecían, cediendo sólo a fuerzas muy superiores, se rehicieron pronto detrás del barranco del Picador, se mantuvieron firmes allí sin que el enemigo pudiese ganar una pulgada más de terreno y avanzaron de nuevo para recuperar la posición.

Adelantose la artillería de Harispe y contuvo un momento con un vivo fuego de metralla a las masas de nuestra valiente infantería; mas la caballería de D. Juan Caro y D. Casimiro Loy (Formaba parte de ella el regimiento de dragones de Numancia) dio tan brillante carga sobre el regimiento de húsares, escolta de la artillería imperial, que los arrolló y puso en fuga desordenada, cayendo acto seguido sobre las piezas enemigas cuyos sirvientes fueron acuchillados, apoderándose el coronel Ric de algunas de ellas. En conflicto tal, cuando la derecha de Blake ceñía el ala opuesta del enemigo, maniobrando para envolverla y ponerse en comunicación con los de Sagunto, y nuestra izquierda conseguía también alguna ventaja, Suchet corrió al encuentro de los coraceros, arengándolos recordándoles anteriores glorias y los lanzó sobre la caballería española, mientras avanzaba también la división Palombini, de segunda línea, siendo en aquel momento herido de un balazo en un hombro. Nuestros jinetes, no pudiendo contrarrestar el ímpetu de los contrarios, que cargaron en masa compacta y formidable, volvieron grupas (Cayeron entonces prisioneros el general D. Juan Caro y el brigadier D. Casimiro Loy), atropellaron a los infantes y éstos se desordenaron también, quedando bien pronto roto el centro y en espantosa dispersión los batallones que no tuvieron que rendir armas.

Por la izquierda habían avanzado simultáneamente Villacampa y Mahy para apoyar a Obispo; mas reforzadas las tropas que ocupaban las alturas de Sancti Spiritus por un regimiento de dragones, cargó éste de pronto, cuando menos se esperaba, e introdujo la confusión en las filas españolas, sin que bastase a impedirlo la división Miranda, batida también por Harispe después de la derrota del centro, y todos los cuerpos de la izquierda tuvieron que abandonar el campo de batalla, Mahy y Obispo hacia Betera para refugiarse en Ribarroja, y las demás de O'Donell hacia Moncada, mostrándose sereno y valiente el regimiento de Cuenca, que con algún otro cuerpo de Mahy impidió fuese completa la dispersión, conteniendo algún tanto la persecución del enemigo.

La derecha se mantuvo amenazadora hasta que, atacada por Habert, batidos ya por completo el centro y la izquierda, tuvo también que emprender la retirada, efectuándolo con el mayor orden y peleando encarnizadamente primero en Puzol, donde quedó aislado un batallón de Guardias Walonas que tuvo que rendirse, y luego en el Puig para seguir luego por la costa a guarecerse con el resto del ejército detrás del Guadalaviar.

Las pérdidas de los españoles en esta infeliz jornada, que tan favorablemente había empezado, consistieron en unos 1.000 muertos y heridos y 4.000 prisioneros o extraviados, habiendo caído también 12 cañones (No pudo evitarlo el brillante comportamiento de las tropas del Arma, entre los que se distinguieron el teniente D. Ignacio Romero, que con una Sección acompañaba a la caballería de Lardizabal; el de igual clase D. Angel Vargas con otra Sección que marchaba a la cabeza de una de las columnas de ataque; el ayudante mayor D. Juan de Osma, que a su actividad y celo por el buen servicio de las baterías, agregó el mérito de haber contenido con su serenidad y enérgica actitud a una columna de caballería que retrocedía en dispersión; el teniente ayudante D. Francisco Bayona que, llevado por su pundonor, tan pronto como vió las fuerzas de su escuadrón en peligro, se reunió con ellas, animando a los artilleros y dándoles ejemplo de firmeza hasta que cayó prisionero; el trompeta de órdenes Fermín García, del Tercer escuadrón ( hoy 7º montado), que se batió personalmente al arma blanca hasta caer herido su caballo, y el capataz José Martínez Campomanes, que, lleno de entusiasmo tomó parte en el combate, recibiendo cinco cuchilladas, dos de ellas graves. También mereció ser citado el brigadier, Sargento mayor D. Diego del Barco, el cual sin desatender la dirección del fuego de las baterías, prestó importantes servicios al lado del general Lardizabal, practicando diversos reconocimientos y desempeñando otras comisiones) y algunas banderas en poder de los franceses; estos experimentaron 800 bajas, según los partes oficiales de Suchet.

26-10-1811. CAPITULACIÓN DEL CASTILLO DE SAGUNTO

A consecuencia de la orden del Emperador para emprender la conquista de Valencia, el mariscal Suchet, que mandaba el ejército de Aragón, movióse desde Tortosa el 15 de septiembre con el grueso de las fuerzas destinadas a dicha operación, efectuándolo al mismo tiempo la división Harispe desde Teruel y la división italiana de Palombini por Morella y San Mateo, las que se incorporaron a aquél antes de llegar a Villarreal, habiendo tenido el primero que desviarse algún tanto hacia su derecha para librarse de los fuegos del castillo de Oropesa que dominaba el Camino Real. El 23 se encontraban ya los franceses, en número de 22.000 hombres, frente a Murviedro, de cuya villa se posesionó el mismo día el general Habert, cuya división formaba la vanguardia del ejército enemigo, apoyado por las tropas restantes, que se extendieron alrededor del cerro donde asienta el castillo, quedando éste completamente circunvalado.

El castillo llamado de Sagunto se componía de un recinto continuo que abrazaba toda la cima del cerro, formando sin embargo cuatro porciones distintas o fuertes conocidos como Dos de Mayo, San Fernando, Torreón y Agarenos, susceptibles de defensa independiente; sólo había diecisiete piezas de artillería, y la guarnición constaba de 3.000 hombres bajo el mando del gobernador el brigadier D. Luís María Andriani, quien ejercía el cargo desde el 16 de septiembre. Era comandante de Artillería de la plaza el coronel D. Domingo Cuesta, y de Ingenieros el teniente coronel D. Lorenzo Medrano.

Comprendiendo las dificultades para emprender un ataque regular, cuyos trabajos sólo podían llevarse a cabo por la parte de poniente, quiso Suchet intentar un golpe de mano para hacerse dueño del castillo a viva fuerza, evitando de este modo los inconvenientes y contrariedades que podían presentarse durante el curso de un sitio metódico emprendido a cuatro leguas de distancia del ejército de socorro que iba reuniendo en Valencia el general Blake. El mariscal francés señaló al efecto la noche del 27 al 28 de septiembre para llevar a cabo la sorpresa, que debía darse a las tres de la madrugada escalando la muralla por dos puntos distintos (Señalados en el croquis con la letra a), próximos a la entrada del castillo y al antiguo circo romano, en los que los ingenieros enemigos habían creído percibir restos de anteriores brechas mal reparadas, cuya circunstancia les había sugerido la idea del ataque. Casualmente, aquella misma noche los españoles hicieron una salida, y en vista de los preparativos notados, sospechando el intento de los sitiadores, guardaron extrema vigilancia; así es, que cuando se presentaron las dos columnas asaltantes sostenidas por una tercera, compuestas todas de gente escogida, fueron rechazados a balazos, y aunque los franceses, llenos de valeroso ardimiento, aplicaron las escalas al muro y treparon al adarve, los defensores, enardecidos con las palabras de Andriani que les recordó peleaban sobre el suelo glorioso de Sagunto, repelieron con incontrastable brío a los imperiales, cuyos repetidos esfuerzos resultaron completamente inútiles, teniendo al cabo que retirarse, no sin dejar más de 300 de sus camaradas tendidos al pie del castillo, y en poder de los españoles 50 escalas, armas, municiones y otros efectos.

Hubo pues necesidad de hacer venir de Tortosa el tren de sitio allí preparado, para lo cual era imprescindible ocupar el castillo de Oropesa que cerraba el paso por la carretera, dedicándose a dicha empresa en cuanto consiguió alejar de los contornos de Murviedro a las divisiones de D. José Obispo y D. Carlos O'Donell que había enviado Blake para inquietarle. Tomado dicho castillo ( Lo rindió el 10 de octubre, después de abierta brecha, cuando iban los franceses a dar el asalto, su gobernador, el capitán D. Pedro Gotti del Regimiento de América. La torre llamada del Rey, situada junto a la misma orilla del mar, se sostuvo todavía hasta el 12 en que su guarnición, compuesta de 170 hombres al mando del teniente D. Juan José Campillo, se puso a salvo embarcándose en una flotilla de buques españoles, cuando no era ya posible continuar por más tiempo la defensa.) e incorporados al campo de los sitiadores los generales de Artillería e Ingenieros Valée y Rogniat, se activaron los trabajos, y a costa de grandes dificultades y no escasas pérdidas se construyeron y armaron algunas baterías contra la parte del castillo llamada Dos de Mayo, situada al Occidente, gracias a que la artillería de la defensa, por su pequeño calibre, pues no pasaba de a 12, y por su excesiva dominación, no pudo oponerse a dichos trabajos. El diecisiete por la mañana rompieron el fuego trece piezas: nueve obuses y morteros, y cuatro cañones de a 24 que batían en brecha, a 300 metros de distancia, la torre de San Pedro, si bien con escaso efecto, pues a la caída de la tarde, después de haber hecho cada una de las piezas de a 24 150 disparos, apenas si estaba iniciada la brecha. Renovado el fuego al día siguiente con mayor intensidad, resultó al fin aquella practicable al mediodía, desde cuyo momento, creyendo los españoles próximo el asalto, coronaron impertérritos la brecha para defenderla, llenando de admiración a sus mismo enemigos (Dice Suchet en sus "Memorias", pág. 167, tomo II: "La brèche fut aussitot couverte d'hommes exaltés par l'enthousiasme et par la fureur. Ils répondaient par des coups de fusil à chaque coup de canon, replaçaient les sacs à terre renversés, et par une obstination inouie pendant cinq ou six heures sans relache, debout sur le rempart, sous le feu non interrompu de quatre pièces de 24, battant de plein fouet, ils se succédaient à l'envi, remplaçaient les morts, réparaient avec ardeur les effets du bulet, et poussant de grands cris, nous provoquaient à monter jusqu'à eux pour combattre de plus près.". A la señal convenida, una columna de ataque, convenientemente apoyada, a cuya cabeza marchaban varios jefes y oficiales, se dirigió a la brecha, por cuyo declive subieron animosos los asaltantes a pesar de su aspereza y angostura, salvando hasta dos tercios de ella; mas detenidos allí por el terrible fuego a quemarropa de los nuestros, que esperaban en lo alto y a pecho descubierto la acometida, recibieron gloriosa muerte muchos valientes franceses haciendo heroicos esfuerzos por llegar a la cima; y sin poder avanzar un paso más, viendo que su sacrificio iba a ser completamente estéril, ordenó Suchet retrocediesen de nuevo a la trinchera, 70 metros distante, quedando tendidos junto a la brecha crecido número de oficiales y soldados. Este nuevo fracaso produjo gran desaliento en el ejército sitiador, cuyo jefe determinó adelantar la batería de brecha a 130 metros de la torre de San Pedro, para ensanchar y hacer más practicable aquella, hasta cuyo pie se debía avanzar a la zapa y coronarla de igual modo, medio seguro para conseguir el objeto, pero largo y trabajoso, pues siendo el terreno de roca y muy dominado por el castillo, había que hacer el parapeto con sacos de tierra y darle una elevación de dos metros y medio para cubrirse enteramente del fuego de los defensores, que a tan corta distancia producía muchas bajas.

Entretanto, Blake se preparaba para socorrer a Sagunto, y el 25 vino a las manos con el enemigo, que consiguió una completa victoria (ver el 25 de octubre) y con ella la posesión del disputado castillo, tan bizarramente defendido hasta entonces ( La defensa pudo en verdad prolongarse algún tiempo más, pues la brecha no estaba todavía practicable y aun tomado el torreón del Dos de Mayo después de tantas dificultades, no las había de presentar menores la expugnación del reducto de San Fernando. El general Andriani, sin embargo, en una Memoria publicada en 1835, procuró justificarse de dicho cargo, al parecer fundado, y sin duda, a consecuencia de ello, apareció en la Gaceta del 21 de abril de 1840 una Real Orden en que S. M., oído el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, se dignó declarar gloriosa la defensa de Sagunto en 1811, y conceder la Gran Cruz de San Fernando y aprobar otra distinción propuesta por él mismo a favor de los valientes que tomaron parte en ella.)., pues enterado el gobernador por Suchet del desgraciado suceso, corroborado por el teniente coronel de Artillería D. Joaquín de Miguel, quien pasó con este objeto al campo francés, no tuvo reparo en capitular en la noche del 26 (Antes de hacerlo congregó en su habitación a los jefes y oficiales, y preguntoles si había alguno que se sintiera animado a prolongar la defensa, en cuyo caso él le obedecería gustoso como simple subalterno; mas nadie aceptó la propuesta.) saliendo por la brecha con todos los honores de la guerra los 2.500 hombres que componían todavía la guarnición (Formaban parte de ella los Regimiento de Saboya y del Infante). El general Andriani se trasladó al cuartel general de Suchet montado en el propio caballo de batalla de éste, que le ofreció el jefe de Estado Mayor, Saint-Cyr, siendo objeto de toda clase de distinciones.