Dispuesto el general
D. Joaquín Blake a socorrer el castillo de Sagunto,
sitiado por los franceses, avanzó desde Valencia el 24 de
octubre con todas sus fuerzas, unos 25.000 hombres, de ellos 2.500 de
caballería, y aquella misma noche las situó en posiciones
convenientes, constituyendo la derecha, que se apoyaba en las alturas
del Puig, cuartel general de Blake, la división de D. José
Zayas; el centro, situado en la cartuja de Ara Christi, la
de D. José de Lardizabal con la caballería del general D. Juan
Caro; y la izquierda, regida por D. Carlos O'Donell, se
componía de las divisiones de D. Pedro Villacampa y D. José
Miranda, con 600 caballos a las órdenes de D. José Sanjuan,
extendiéndose hasta los ribazos llamados los Germanells que
ocupaba el general Mahy por parte de la división de su mando,
dependiente también de O'Donell, y lo mismo la extrema
izquierda, a las órdenes del general Obispo, que maniobraba a
bastante distancia como para forzar el desfiladero que de Naguera conduce
a Gilet, cerca de Murviedro, atravesando la sierra Calderona,
y cortar la retirada a los franceses. El centro y la derecha tenían
también su correspondiente reserva.
El mariscal Suchet,
apenas tuvo noticia de la aproximación de los españoles, dejó seis
batallones frente a Sagunto apoyando las baterías sitiadoras,
que no interrumpieron el fuego un solo instante, estableció otros
ocho batallones y un regimiento de dragones, a las órdenes del
general Robert en las alturas de Sancti Spiritus para asegurar
a toda costa su posesión, guarneció también el pueblo de Gilet con
el mismo objeto, y con las fuerzas restantes fue a situarse entre el Vall
de Jesús y la playa, en dos líneas, dejando en reserva un
regimiento de dragones y otro de coraceros, para hacer frente a los
españoles. El total de fuerzas que componían el ejército enemigo
ascendía a 25.000 hombres.
Los nuestros
avanzaron a las ocho de la mañana del 25 con gentil resolución, muy
animosos y confiados, haciendo replegarse a las avanzadas francesas,
incluso al mismo Suchet, que se había adelantados hasta los Hostalets
para observar los movimientos de nuestras tropas, y ocuparon las de D.
Wenceslao Prieto, de la división Lardizabal, un
altozano próximo a Vall de Jesús, punto importantísimo que
dominaba el terreno donde se iba a desarrollar la parte principal de
la batalla, al mismo tiempo que las demás columnas avanzaban también
con el mayor órden por la carretera y hacia Puzol, con un
orden admirable y un aire de superioridad que sorprendió a los mismos
enemigos, llenando de júbilo a los defensores de Sagunto, que
creían cercano el momento de su libertad. Comprendiendo al momento
Suchet la necesidad de conquistar la altura indicada y refrenar la
audacia de los españoles, encargó a la división Harispe la empresa,
y a Habert que contuviese con la suya a Zayas. Tres batallones
en columnas, dirigidos por los generales de Harispe y apoyados por
otros cinco batallones, arremetieron sin vacilar, treparon al cerro y
después de sangriento combate se posesionaron de él a costa de
grandes pérdidas, habiendo sido gravemente herido el general París,
y otros oficiales de graduación, y perdido su caballo Harispe; pero
los que lo guarnecían, cediendo sólo a fuerzas muy superiores, se
rehicieron pronto detrás del barranco del Picador, se
mantuvieron firmes allí sin que el enemigo pudiese ganar una pulgada
más de terreno y avanzaron de nuevo para recuperar la posición.
Adelantose la
artillería de Harispe y contuvo un momento con un vivo fuego de
metralla a las masas de nuestra valiente infantería; mas la caballería
de D. Juan Caro y D. Casimiro Loy (Formaba parte de
ella el regimiento de dragones de Numancia) dio tan brillante
carga sobre el regimiento de húsares, escolta de la artillería
imperial, que los arrolló y puso en fuga desordenada, cayendo acto
seguido sobre las piezas enemigas cuyos sirvientes fueron
acuchillados, apoderándose el coronel Ric de algunas de ellas.
En conflicto tal, cuando la derecha de Blake ceñía el ala
opuesta del enemigo, maniobrando para envolverla y ponerse en
comunicación con los de Sagunto, y nuestra izquierda conseguía
también alguna ventaja, Suchet corrió al encuentro de los coraceros,
arengándolos recordándoles anteriores glorias y los lanzó sobre la
caballería española, mientras avanzaba también la división
Palombini, de segunda línea, siendo en aquel momento herido de un
balazo en un hombro. Nuestros jinetes, no pudiendo contrarrestar el ímpetu
de los contrarios, que cargaron en masa compacta y formidable,
volvieron grupas (Cayeron entonces prisioneros el general D. Juan
Caro y el brigadier D. Casimiro Loy), atropellaron a
los infantes y éstos se desordenaron también, quedando bien pronto
roto el centro y en espantosa dispersión los batallones que no
tuvieron que rendir armas.
Por la izquierda habían
avanzado simultáneamente Villacampa y Mahy para apoyar
a Obispo; mas reforzadas las tropas que ocupaban las alturas de
Sancti Spiritus por un regimiento de dragones, cargó éste de
pronto, cuando menos se esperaba, e introdujo la confusión en las
filas españolas, sin que bastase a impedirlo la división Miranda,
batida también por Harispe después de la derrota del centro, y todos
los cuerpos de la izquierda tuvieron que abandonar el campo de
batalla, Mahy y Obispo hacia Betera para
refugiarse en Ribarroja, y las demás de O'Donell hacia Moncada,
mostrándose sereno y valiente el regimiento de Cuenca, que con
algún otro cuerpo de Mahy impidió fuese completa la dispersión,
conteniendo algún tanto la persecución del enemigo.
La derecha se mantuvo
amenazadora hasta que, atacada por Habert, batidos ya por completo el
centro y la izquierda, tuvo también que emprender la retirada, efectuándolo
con el mayor orden y peleando encarnizadamente primero en Puzol,
donde quedó aislado un batallón de Guardias Walonas que tuvo
que rendirse, y luego en el Puig para seguir luego por la costa
a guarecerse con el resto del ejército detrás del Guadalaviar.
Las pérdidas de los
españoles en esta infeliz jornada, que tan favorablemente había
empezado, consistieron en unos 1.000 muertos y heridos y 4.000
prisioneros o extraviados, habiendo caído también 12 cañones (No
pudo evitarlo el brillante comportamiento de las tropas del Arma,
entre los que se distinguieron el teniente D. Ignacio Romero,
que con una Sección acompañaba a la caballería de Lardizabal;
el de igual clase D. Angel Vargas con otra Sección que
marchaba a la cabeza de una de las columnas de ataque; el ayudante
mayor D. Juan de Osma, que a su actividad y celo por el buen
servicio de las baterías, agregó el mérito de haber contenido con
su serenidad y enérgica actitud a una columna de caballería que
retrocedía en dispersión; el teniente ayudante D. Francisco
Bayona que, llevado por su pundonor, tan pronto como vió las
fuerzas de su escuadrón en peligro, se reunió con ellas, animando a
los artilleros y dándoles ejemplo de firmeza hasta que cayó
prisionero; el trompeta de órdenes Fermín García, del Tercer
escuadrón ( hoy 7º montado), que se batió personalmente al arma
blanca hasta caer herido su caballo, y el capataz José Martínez
Campomanes, que, lleno de entusiasmo tomó parte en el combate,
recibiendo cinco cuchilladas, dos de ellas graves. También mereció
ser citado el brigadier, Sargento mayor D. Diego del Barco, el
cual sin desatender la dirección del fuego de las baterías, prestó
importantes servicios al lado del general Lardizabal,
practicando diversos reconocimientos y desempeñando otras comisiones)
y algunas banderas en poder de los franceses; estos experimentaron 800
bajas, según los partes oficiales de Suchet.
26-10-1811. CAPITULACIÓN DEL
CASTILLO DE SAGUNTO
A consecuencia de la
orden del Emperador para emprender la conquista de Valencia, el
mariscal Suchet, que mandaba el ejército de Aragón, movióse desde Tortosa
el 15 de septiembre con el grueso de las fuerzas destinadas a dicha
operación, efectuándolo al mismo tiempo la división Harispe desde Teruel
y la división italiana de Palombini por Morella y San Mateo,
las que se incorporaron a aquél antes de llegar a Villarreal,
habiendo tenido el primero que desviarse algún tanto hacia su derecha
para librarse de los fuegos del castillo de Oropesa que
dominaba el Camino Real. El 23 se encontraban ya los franceses, en número
de 22.000 hombres, frente a Murviedro, de cuya villa se posesionó el
mismo día el general Habert, cuya división formaba la vanguardia del
ejército enemigo, apoyado por las tropas restantes, que se
extendieron alrededor del cerro donde asienta el castillo, quedando éste
completamente circunvalado.
El castillo llamado
de Sagunto se componía de un recinto continuo que abrazaba
toda la cima del cerro, formando sin embargo cuatro porciones
distintas o fuertes conocidos como Dos de Mayo, San Fernando,
Torreón y Agarenos, susceptibles de defensa
independiente; sólo había diecisiete piezas de artillería, y la
guarnición constaba de 3.000 hombres bajo el mando del gobernador el
brigadier D. Luís María Andriani, quien ejercía el cargo
desde el 16 de septiembre. Era comandante de Artillería de la plaza
el coronel D. Domingo Cuesta, y de Ingenieros el teniente
coronel D. Lorenzo Medrano.
Comprendiendo las
dificultades para emprender un ataque regular, cuyos trabajos sólo
podían llevarse a cabo por la parte de poniente, quiso Suchet
intentar un golpe de mano para hacerse dueño del castillo a viva
fuerza, evitando de este modo los inconvenientes y contrariedades que
podían presentarse durante el curso de un sitio metódico emprendido
a cuatro leguas de distancia del ejército de socorro que iba
reuniendo en Valencia el general Blake. El mariscal
francés señaló al efecto la noche del 27 al 28 de septiembre para
llevar a cabo la sorpresa, que debía darse a las tres de la madrugada
escalando la muralla por dos puntos distintos (Señalados en el
croquis con la letra a), próximos a la entrada del castillo y al
antiguo circo romano, en los que los ingenieros enemigos habían creído
percibir restos de anteriores brechas mal reparadas, cuya
circunstancia les había sugerido la idea del ataque. Casualmente,
aquella misma noche los españoles hicieron una salida, y en vista de
los preparativos notados, sospechando el intento de los sitiadores,
guardaron extrema vigilancia; así es, que cuando se presentaron las
dos columnas asaltantes sostenidas por una tercera, compuestas todas
de gente escogida, fueron rechazados a balazos, y aunque los
franceses, llenos de valeroso ardimiento, aplicaron las escalas al
muro y treparon al adarve, los defensores, enardecidos con las
palabras de Andriani que les recordó peleaban sobre el suelo
glorioso de Sagunto, repelieron con incontrastable brío a los
imperiales, cuyos repetidos esfuerzos resultaron completamente inútiles,
teniendo al cabo que retirarse, no sin dejar más de 300 de sus
camaradas tendidos al pie del castillo, y en poder de los españoles
50 escalas, armas, municiones y otros efectos.
Hubo pues necesidad
de hacer venir de Tortosa el tren de sitio allí preparado,
para lo cual era imprescindible ocupar el castillo de Oropesa
que cerraba el paso por la carretera, dedicándose a dicha empresa en
cuanto consiguió alejar de los contornos de Murviedro a las
divisiones de D. José Obispo y D. Carlos O'Donell que
había enviado Blake para inquietarle. Tomado dicho castillo ( Lo
rindió el 10 de octubre, después de abierta brecha, cuando iban los
franceses a dar el asalto, su gobernador, el capitán D. Pedro
Gotti del Regimiento de América. La torre llamada del Rey,
situada junto a la misma orilla del mar, se sostuvo todavía hasta el
12 en que su guarnición, compuesta de 170 hombres al mando del
teniente D. Juan José Campillo, se puso a salvo embarcándose
en una flotilla de buques españoles, cuando no era ya posible
continuar por más tiempo la defensa.) e incorporados al
campo de los sitiadores los generales de Artillería e Ingenieros Valée
y Rogniat, se activaron los trabajos, y a costa de grandes
dificultades y no escasas pérdidas se construyeron y armaron algunas
baterías contra la parte del castillo llamada Dos de Mayo,
situada al Occidente, gracias a que la artillería de la defensa, por
su pequeño calibre, pues no pasaba de a 12, y por su excesiva
dominación, no pudo oponerse a dichos trabajos. El diecisiete por la
mañana rompieron el fuego trece piezas: nueve obuses y morteros, y
cuatro cañones de a 24 que batían en brecha, a 300 metros de
distancia, la torre de San Pedro, si bien con escaso efecto,
pues a la caída de la tarde, después de haber hecho cada una de las
piezas de a 24 150 disparos, apenas si estaba iniciada la brecha.
Renovado el fuego al día siguiente con mayor intensidad, resultó al
fin aquella practicable al mediodía, desde cuyo momento, creyendo los
españoles próximo el asalto, coronaron impertérritos la brecha para
defenderla, llenando de admiración a sus mismo enemigos (Dice
Suchet en sus "Memorias", pág. 167, tomo II: "La
brèche fut aussitot couverte d'hommes exaltés par l'enthousiasme et
par la fureur. Ils répondaient par des coups de fusil à chaque coup
de canon, replaçaient les sacs à terre renversés, et par une
obstination inouie pendant cinq ou six heures sans relache, debout sur
le rempart, sous le feu non interrompu de quatre pièces de 24,
battant de plein fouet, ils se succédaient à l'envi, remplaçaient
les morts, réparaient avec ardeur les effets du bulet, et poussant de
grands cris, nous provoquaient à monter jusqu'à eux pour combattre
de plus près.". A la señal convenida, una columna de
ataque, convenientemente apoyada, a cuya cabeza marchaban varios jefes
y oficiales, se dirigió a la brecha, por cuyo declive subieron
animosos los asaltantes a pesar de su aspereza y angostura, salvando
hasta dos tercios de ella; mas detenidos allí por el terrible fuego a
quemarropa de los nuestros, que esperaban en lo alto y a pecho
descubierto la acometida, recibieron gloriosa muerte muchos valientes
franceses haciendo heroicos esfuerzos por llegar a la cima; y sin
poder avanzar un paso más, viendo que su sacrificio iba a ser
completamente estéril, ordenó Suchet retrocediesen de nuevo a la
trinchera, 70 metros distante, quedando tendidos junto a la brecha
crecido número de oficiales y soldados. Este nuevo fracaso produjo
gran desaliento en el ejército sitiador, cuyo jefe determinó
adelantar la batería de brecha a 130 metros de la torre de San
Pedro, para ensanchar y hacer más practicable aquella, hasta cuyo
pie se debía avanzar a la zapa y coronarla de igual modo, medio
seguro para conseguir el objeto, pero largo y trabajoso, pues siendo
el terreno de roca y muy dominado por el castillo, había que hacer el
parapeto con sacos de tierra y darle una elevación de dos metros y
medio para cubrirse enteramente del fuego de los defensores, que a tan
corta distancia producía muchas bajas.
Entretanto, Blake
se preparaba para socorrer a Sagunto, y el 25 vino a las manos
con el enemigo, que consiguió una completa victoria (ver el 25 de
octubre) y con ella la posesión del disputado castillo, tan
bizarramente defendido hasta entonces ( La defensa pudo en verdad
prolongarse algún tiempo más, pues la brecha no estaba todavía
practicable y aun tomado el torreón del Dos de Mayo después de
tantas dificultades, no las había de presentar menores la expugnación
del reducto de San Fernando. El general Andriani, sin embargo,
en una Memoria publicada en 1835, procuró justificarse de dicho
cargo, al parecer fundado, y sin duda, a consecuencia de ello, apareció
en la Gaceta del 21 de abril de 1840 una Real Orden en que S. M., oído
el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, se dignó declarar gloriosa la
defensa de Sagunto en 1811, y conceder la Gran Cruz de San Fernando y
aprobar otra distinción propuesta por él mismo a favor de los
valientes que tomaron parte en ella.)., pues enterado el
gobernador por Suchet del desgraciado suceso, corroborado por el
teniente coronel de Artillería D. Joaquín de Miguel, quien
pasó con este objeto al campo francés, no tuvo reparo en capitular
en la noche del 26 (Antes de hacerlo congregó en su habitación a
los jefes y oficiales, y preguntoles si había alguno que se sintiera
animado a prolongar la defensa, en cuyo caso él le obedecería
gustoso como simple subalterno; mas nadie aceptó la propuesta.)
saliendo por la brecha con todos los honores de la guerra los 2.500
hombres que componían todavía la guarnición (Formaban parte de
ella los Regimiento de Saboya y del Infante). El general Andriani
se trasladó al cuartel general de Suchet montado en el propio caballo
de batalla de éste, que le ofreció el jefe de Estado Mayor, Saint-Cyr,
siendo objeto de toda clase de distinciones.